Floreciendo por ti

Floreciendo por ti
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Emma, estoy seguro de que te alegrarías al saber que he convertido el viejo y destartalado jardín trasero de mi casa (de nuestra casa) en un pequeño paraíso lleno de flores hermosas. ¿Y sabes qué? Ellas me recuerdan a ti porque son pequeñas, lindas, coloridas y están llenas de vida.

En realidad, hay muchas cosas que me recuerdan a ti: tu aroma todavía se encuentra impregnado en varias de mis sudaderas, tus canciones favoritas no paran de sonar en la radio, aún amo el sabor de tu nombre entre mis labios (aunque últimamente he evitado pronunciarlo), la sombra de tu risa me persigue en mis momentos felices, todas mis rutinas están contaminadas de tus recuerdos. Jamás sales de mi mente, querida Emma, hasta planté esas flores imaginándote caminando entre ellas.

La idea surgió hace un par de semanas cuando caminaba por la calle y pasé por una florería. Entonces recordé nuestra desastrosa primera cita: fuimos a cenar y después directo a una floristería muy pintoresca que se encontraba cerca del restaurante. Yo, en ese momento, juraría que entrarías por la puerta sonriendo más que nunca y escogerías las flores más bonitas para después pasarte horas observándolas y puede que hasta dibujándolas, pero no podría estar más equivocado. Cuando te abrí la puerta del lugar me miraste con una mueca indescifrable, había metido la pata (vaya que sí).

—Emma, te gustan las flores ¿no?- pregunté yo, un poco incrédulo.

—Claro que sí, cuando están vivas- Y en ese momento algo dentro de mi cabeza hizo un “clic” tan sonoro que temí que tú lo hubieras escuchado. Regalarle flores a alguien me resultaba un gesto muy tierno antes de escuchar esas palabras; aunque, ahora, en mi cabeza tiene sentido que no sea así. Matar a un ser vivo solo para tener un regalo hermoso es algo muy cruel y atroz.

Nunca me enteré de cuáles son tus flores favoritas, ni siquiera estoy muy seguro de que tú misma lo sepas, te gusta dibujar flores de todo tipo. Y escoger solo una hubiera sido muy complicado. Así que al final decidí plantar muchos tipos de flores perennes, porque con las condiciones adecuadas y ciertos cuidados tienen la fuerza de florecer en cualquier época del año, así que si en algún momento decides volver, sin importar nada yo podría enseñarte mi jardín, nuestro jardín.

Planté un tipo de flor por cada recuerdo lindo que tuve contigo porque, aunque no me haga mucha gracia, me encanta pensarte.

Primero fueron las pequeñas y delicadas flores de un potente color amarillo, las coreopsis, en honor a nuestro primer encuentro en ese curso de dibujo, cuando llamaste mi atención con una cálida sonrisa y un dosier lleno de paisajes florales, ese momento en el que supe que eras especial, (que eres especial) la más especial.

Después planté las enigmáticas hemerocallis, esas flores curiosas de un color amarillo casi inexistente por lo nervioso que me sentí en nuestra primera cita cuando tomaste mi mano rumbo a tu restaurante favorito, en verdad fue un logro que yo llegara hasta ahí porque mis piernas temblaban demasiado, esas flores me hacen sentir así de nuevo.

También tengo varios lirios de un blanco precioso que me recuerdan a tu frase favorita “Regalar flores implica cortarlas y apreciar su belleza de forma efímera, deberíamos hacer que lo bello perdure”. Yo también creo que lo bello debería durar por siempre, tú deberías durar por siempre.

Planté unos narcisos especialmente hermosos de un color coral etéreo por todos los dibujos que me regalaste y que aún guardo, me recuerdan tu talento y tu amor por el arte en general.

Las lavateras y los claveles por la forma en la que arrugas la nariz al reír y cierras los ojos al besar.

Los astilbes del color rosa más tenue que existe por las vacaciones más alocadas y divertidas que jamás he tenido, y que por cierto fueron contigo. Desearía que aún no hubieran terminado.

Las florecillas sedum rosadas en honor a la vez que bailamos en la acera frente a tu antigua casa aun cuando estaba lloviendo, porque sigo creyendo que la gripa que pescamos gracias a eso valió totalmente la pena. Lo volvería a repetir, una y mil veces más si es contigo.

Los tulipanes los planté para recordar las mañanas de todos los domingos que desperté junto a ti.

Las estrafalarias flores crisantemos por todas las veces que intentamos cocinar algo muy complejo y por poco quemamos la cocina.

Las infinitas y pequeñas milenramas para recordar los fines de semana lluviosos que nos quedábamos en tu antigua casa y te dedicabas a leerme alguno de tus libros favoritos.

Las extrañas pero hermosas echinaceas en honor al concierto de tu banda favorita al que asistimos juntos. La música que tocaban no me gustaba nada, pero ver tus ojos brillar de emoción hace que yo solo quiera que sigan brillando así.

Las flores que más trabajo me costó plantar fueron las gaillardias porque requieren de una posición privilegiada en el jardín que tenga sol, pero solo el suficiente. Ellas me recordaron a la forma en que iluminas tus dibujos: trazas las líneas necesarias de la forma adecuada y con los colores justos.

Las peonías de un rosa vibrante las planté por el día que nos mudamos juntos, el fuerte y saturado color me recuerda lo feliz que estábamos cuando después de ahorrar tanto por fin pudimos comprar la casa perfecta y llevarnos todas nuestras cosas a ese lugar de ensueño.

Decidí agregar las heucheras, que son plantas sin flores pero que por su aspecto excéntrico y pintoresco y su color morado oscuro me parecieron flores en ese momento. Esas las planté en honor al pastel más deforme pero delicioso que he comido, porque decidiste que para mi cumpleaños número 28 era necesario una tarta hecha por ti misma. Tanto a esa planta como a ese pastel yo las habría confundido con flores.

También planté unas flores que realmente no había planeado comprar pero esas semillas de lirios siberianos se colaron en mi carrito de súper y ahora me recuerdan a Mike, ese gatito que un día apareció en la puerta del salón de dibujo y que decidimos adoptar, hasta que descubrimos que era un gatito extraviado y lo regresamos con su dueño.

Las moradas y tiernas flores aster las planté por el último día que dormiste entre mis brazos y que ninguno de los dos sabía que sería nuestro último día juntos.

Las flores del azul más hipnotizante y genuino, las flox paniculadas, en honor al momento en que recibiste esa increíble oferta de trabajo a miles de kilómetros de mí, pero que te hacía realmente feliz.

Las florecitas en forma de torre llamadas salvia farinacéa por nuestro último beso, el que nos dimos en el aeropuerto antes de que te marcharas.

Y todas las rosas de Siria azules por mi esperanza de que regreses algún día y me sigas amando con la misma intensidad con la que siempre te he amado.

De esa forma todos mis recuerdos y esperanzas se encuentran floreciendo por ti en nuestro jardín.

Un jardín lleno de flores para Emma.

Andy Nava.

4 thoughts on “Floreciendo por ti”

  1. ¡ Excelente !

    Me pude transportar calidamente y de manera sutil a ese jardin de tus recuerdos.
    Mientras leia, me perdi de mi realidad para reposar en esa hermosa narrativa.

    Gracias.

  2. Estoy haciendo un maratón de tus historias jaja.
    La jardinería y yo como que nada que ver pero la forma en la que las flores se entrelazan con esta historia es muy linda.
    Escribes muy bien, no dejes de hacerlo, me encanta tu blog.

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